Llamada a la Acción

Sabemos —o al menos muchos ya lo intuimos— que el Estado no resuelve los problemas fundamentales de la sociedad. Nos promete orden, salud y seguridad. Pero en la práctica nos da nada de eso, todo lo contrario, solamente corrupción y burocracia.
También sabemos que votar, rara vez cambia algo de fondo. Entonces surge la pregunta incómoda: ¿qué hacemos además de quejarnos?
Quejarse es fácil, lo difícil es plantear y llevar a cabo un plan real que soluciones los problemas. Señalar el problema es importante, pero sin proponer y ejecutar algo que cambie y mejore las cosas, es lo que de de verdad se necesita.
Por qué amamos al Estado
El principal obstáculo no es técnico ni económico. Es psicológico. La mayoría de las personas tiene miedo de vivir sin el Estado. Y no es porque lo amen, sino porque lo perciben como una figura paterna: alguien que organiza, castiga, provee y decide por uno. Quitar a esta entidad, a muchas personas, les genera pánico. Es básicamente pedirle a alguien que deje de depender de otro que siempre ha tomado decisiones difíciles por él.
Ese miedo es comprensible. Durante generaciones se ha reforzado la idea de que sin Estado es quien te resolverá la vida. Que sin regulación hay abuso. Que sin autoridad central no hay orden. Pero también es cierto que esa narrativa invisibiliza algo clave: las personas ya se organizan constantemente sin necesidad de imposiciones centralizadas. Existen familias, comunidades, negocios, redes informales… la cooperación voluntaria existe y funciona.
Sin embargo, pensar en eliminar el Estado de golpe no solo es inviable, sino contraproducente. La gente no va a aceptar un cambio brusco que percibe como una amenaza. Por eso, el enfoque no puede ser disruptivo en el corto plazo. Tiene que ser gradual, estratégico y, sobre todo, construido desde abajo.
No se trata de esperar a que el poder “ceda”. Los que tienen el poder actualmente no van cederlo por voluntad propia. Pero es factible limitarlo cuando pierde legitimidad y capacidad de imposición. Y eso empieza desde la población, desde abajo.
Entonces, si no es mediante elecciones tradicionales ni mediante cambios abruptos, ¿cómo avanzamos?
2. ¿Qué hacer?
La clave está en reducir el alcance del poder estatal paso a paso, mediante presión social organizada y propuestas concretas que apunten a dos pilares fundamentales del sistema actual: la capacidad de legislar sin consentimiento directo y la representación política sin control real.
Control de las leyes

Primero, es totalmente necesario cuestionar y validar las acciones del poder del legislativo. Hoy en día, una ley puede imponerse sobre millones de personas sin que estas hayan dado un consentimiento explícito, es más muchas leyes van en contra de muchas de estas personas. Se asume que el simple hecho de vivir dentro de un territorio equivale a aceptar cualquier normativa que apruebe el poder legislativo. Ese supuesto es el núcleo del problema.
Una alternativa es impulsar la idea de que ninguna ley debería ser obligatoria sin validación de los afectados y, en la medida de lo posible. Esto cambia completamente la lógica: en lugar de normas uniformes impuestas desde arriba, se abre espacio para decisiones más cercanas a las comunidades o grupos afectados, donde las personas pueden participar de forma más directa y consciente.
Esto es practicable hoy en día, gracias a la tecnología, se pueden organizar votaciones por internet fácilmente, preguntar la opinion de los afectados por determinadas leyes fácilmente. Por ejemplo, para una nueva ley universitaria, seria sencillo hacer una encuetas a profesores, alumnos y administradores, nada del otro mundo con la tecnologías existentes.
Control de los governantes

Segundo, hay que limitar el poder de nuestros representantes. El modelo de democracia actual encarga las decisiones a personas que, en la práctica, no tienen mecanismos efectivos de rendición de cuentas. Elegimos cada cuatro o cinco años y luego aceptamos lo que digan, incluso si contradicen lo que prometieron.
Una propuesta concreta es que la población tenga el poder de deponer representantes simple y fácilmente, al igual que en la primera propuesta, la tecnología actual lo permite.
No podemos aguantar a un presidente o alcalde por mucho tiempo haciendo cuando comete actos de corrupción, o no cumple sus promesas. Entonces tendria que ser revocado, cambiado inmediatamente. ¿porque esperar años y años para que se vaya?.
3. ¿Cómo?
La pregunta obvia es: ¿cómo se logra algo así?
No con discursos aislados ni con publicaciones que se pierden en el tiempo. Se debe lograr mediante presión organizada y constante. Protestas intensas, sí, pero con justificación específica. No protestas genéricas contra “todo”, sino movilizaciones con demandas concretas.
La historia muestra que los cambios institucionales relevantes no surgen de la buena voluntad del poder, sino de la presión sostenida. Pero esa presión tiene que ser inteligente. Tiene que proponer, no solo oponerse.
Y aquí entra otro punto clave: la educación.
No la educación formal controlada por el mismo sistema que se cuestiona, sino la educación como difusión de ideas, como conversación, como exposición a nuevas formas de entender la organización social. Cuando las personas comprenden que existen alternativas viables, el miedo empieza a disminuir.
La educación es una herramienta poderosa porque no puede ser fácilmente reprimida sin evidenciar el autoritarismo del sistema. Puedes limitar protestas, puedes regular actividades, pero es mucho más difícil controlar completamente el flujo de ideas.
Por eso, compartir, discutir y explicar estas propuestas no es un acto menor. Es parte del proceso.
La educación —la difusión de ideas— es la primera herramienta más efectiva para debilitar estructuras que dependen del miedo y la tradición. Sin una base ideológica, las protestas pacíficas, del tipo desobediencia civil jamás serán efectivas.